Comida, carbono, confianza. Son res anclajes estratégico – narrativo de una estrategia internacional de la Argentina, que la ordene conceptual y funcionalmente arrededor de tres ejes impulsores nítidos. Bienvenidos al debate
Comida, carbono, confianza
Consensuar ideas fuerza puede ofrecer marcos de consistencia narrativa y coherencia práctica que vincule la agenda doméstica al accionar externo. Esto serviría para articular una visión global que ayude a la mejor gestión de la política exterior. Hace falta dotarla de más gobernanza porque es una política pública dictada desde la Casa Rosada, donde participa la Cancillería y varios ministerios, secretarías, agencias y oficinas técnicas, además de provincias y gobiernos locales, que cada vez más definen su propio perfil internacional.
Son tres anclajes estratégico-narrativos. Por eso creo que la estrategia internacional de la Argentina tendría que estar conceptual y funcionalmente ordenada alrededor de tres impulsores nítidos, así que bienvenido todo debate, ya que seguramente haya más
1. Comida: futuro alimentario sostenible
La primera “C” es el elemento impulsor más poderoso: la comida. Todos comemos y en buena medida “somos” lo que comemos. Podemos enfermarnos o curarnos de acuerdo a cómo comemos, así como también por lo que dejamos de comer. Sin importar el lugar del planeta, la comida es parte de las realidades más básicas y cotidianas de las personas. Y a través de la comida podemos desempeñar un rol relevante en el mundo. Según el último informe de la organización de la ONU para la alimentación y la agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), unas 2.300 millones de personas enfrentan niveles de inseguridad alimentaria entre moderada y severa.
Al mismo tiempo, siete de cada 10 dólares de exportación en nuestro país lo generan las cadenas agroindustriales, y somos el primer exportador mundial de harina y aceite de soja, aceite y jugo de limón, porotos, y maní, según la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA) . Por otra parte, como muestra esta visualización de datos hecha con el Atlas de Complejidad Económica, nuestro país se encuentra entre los mayores exportadores netos de bienes agrícolas y productos alimentarios, con una participación superior al 7% del total y sólo por detrás de Brasil, que representa el 17%. Junto a Canadá, Indonesia y Nueva Zelanda integramos el Top-5 de los mayores exportadores netos de comida del mundo.
Argentina es capaz de producir materias primas agrícolas y bienes agroindustriales para cientos de millones de personas en lugares del mundo con déficit calórico y nutricional, donde la calidad y extensión de los suelos, así como el clima, no permiten producir para abastecer sus necesidades. Además, tenemos la oportunidad de aumentar exportaciones de proteína animal y vegetal, grasas saludables y nutritivas, brindando seguridad alimentaria y oferta asequible en un mundo que sobrepasó los 8.000 millones de habitantes.
Podemos ser protagonistas en construir un futuro alimentario sostenible. Es un lugar global que podemos ocupar. Tenemos las condiciones para hacerlo y el mundo le dará la bienvenida a nuestra vocación, si demostramos que estamos a la altura de lo que significa cumplir con ese rol.
¿Por qué vale la pena trabajar por ese futuro? Porque la comida es un vehículo potente, un activo de peso con el que cuenta la Argentina para construir y proyectar reputación global y posicionarse explotando su poder simbólico. Porque supone una oportunidad para apalancar un modelo de crecimiento y desarrollo que se impulsa en y desde los sectores más dinámicos y competitivos de la economía. Y porque ofrece una plataforma para desatar toda la potencia productiva y emprendedora del ecosistema agrotecnológico en el interior y las ciudades intermedias en un contexto mundial receptivo hacia las iniciativas de esta naturaleza.
¿Cómo luce ese futuro? En un futuro alimentario sostenible las economías regionales y complejos exportadores producen conservando los recursos y la biodiversidad, con buenas prácticas de bienestar animal y menor impacto ambiental, posicionando al país como protagonista de la transición hacia la descarbonización.
¿Por qué vale la pena trabajar por ese futuro? Porque la comida es un vehículo potente, un activo de peso con el que cuenta la Argentina para construir y proyectar reputación global.
Esto demandará capacidad de gestión del Estado. Requerirá de políticas agropecuarias, pesqueras, de sanidad animal y vegetal, etc. adecuadas. Supondrá oportunidades para las economías regionales, el sector gastronómico y las empresas productoras de alimentos diferenciados, con marca y alto contenido de valor agregado. Y ofrecerá espacios internacionales donde promocionar y consolidar presencia de la imagen país, desde nuestras denominaciones de origen e indicaciones geográficas, hasta el posicionamiento regional y global de cocineros, franquicias, restaurantes y marcas diferenciadas.
Pero para lograr un futuro alimentario sostenible tenemos que ser conscientes de la importancia de la gestión sustentable de los suelos, el agua y los espacios marítimos. Será imprescindible profundizar el intercambio de prácticas y tecnologías agrícolas innovadoras y promover la colaboración público-privada para gestionar los riesgos, proteger la biodiversidad y reducir el impacto de los eventos climáticos extremos. Hacerlo mientras trabajamos en mejorar la productividad y la participación en las cadenas globales de suministro será un enorme desafío que hoy está atravesado por la agenda prioritaria de lucha contra el cambio climático. La buena noticia es que no son agendas excluyentes.
2. Carbono: transiciones a largo plazo
La segunda “C” impulsora es el carbono. El cambio climático es un riesgo existencial y se ha convertido en el tema prioritario de la agenda internacional. La acción climática es hoy el principal impulsor de las transformaciones globales y las transiciones hacia un mundo carbono-neutral ya están en marcha (especialmente en el sector energético, pero también en todos los sectores de la producción y los servicios). Estamos en una trayectoria bastante nítida hacia sistemas económicos, comerciales y productivos cada vez más carbonocéntricos.
Argentina emite cada año casi 400 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO₂) equivalentes, según Climate Watch. Esto nos coloca como el 24° mayor emisor, pero representando menos del 1% de las emisiones globales. Por otra parte, este mapa del carbono permite poner esta problemática en perspectiva y visualiza claramente el principio de las responsabilidades compartidas pero diferenciadas. Al ilustrar el tamaño de los países según emisiones CO₂ por uso de energía durante el período 1850-2011, la imagen pone sobre la mesa el debate acerca de los costos de las transiciones hacia la descarbonización y la capacidad de movilizar los recursos necesarios para llevarlo a la práctica.
Si la Argentina logra dejar atrás las tentaciones pseudodesarrollistas de “vivir con lo nuestro” (como el debate actual sobre algunos proyectos de nacionalización del litio) y rechaza cualquier reflejo negacionista del cambio climático, facilitando y quitando obstáculos a la energía emprendedora, desatando el potencial de la riqueza productiva, la provisión de servicios ambientales y la explotación sostenible de los recursos naturales y alimentarios (es decir la combinación virtuosa de las dos primeras “C”: comida y carbono), se podrían incentivar nuevos sectores. Un ejemplo de esa búsqueda podría ser el sector de fertilizantes nitrogenados, tanto como oportunidad comercial para abastecer el dinámico mercado local como para también hacer un aporte a estabilizar el mercado internacional, que sufrió una gran disrupción tras la invasión de Rusia a Ucrania.
Todo esto también requiere de un Estado inteligente, con políticas públicas acordes a las buenas prácticas internacionales.
Todo esto también requiere de un Estado inteligente, con políticas públicas acordes a las buenas prácticas internacionales. Así podrá suponer una oportunidad para el desarrollo de nuevos proyectos en materia de desarrollo pacífico de la energía nuclear, así como también brindará nuevas chances para trabajar con socios locales y externos que apuesten a la explotación sustentable de nuestros recursos renovables y fósiles, del sector foresto-industrial, y para el desarrollo de la actividad minera (especialmente aquellos rubros que desempeñan un rol crítico para la transición energética y la transformación digital, como son los casos del litio y el cobre).
Además, los compromisos asumidos en el Acuerdo de París y el escenario mundial de las finanzas climáticas ofrecen a nuestro país la oportunidad de explorar nuevas trayectorias de financiamiento sostenible. Una que suponga el armado de un esquema de precio del carbono y que se sostenga en el posicionamiento global de la Argentina como un país protagonista, alineado con metas ambiciosas de acción climática, y que cuenta con una hoja de ruta clara para cumplirlas.
Argentina puede hacer una gran contribución a los objetivos de lucha contra el cambio climático dadas sus grandes extensiones verdes, bosques y condiciones naturales. Sin embargo, por la falta de instrumentos, esos activos nacionales no están participando hoy del financiamiento climático. Necesitamos hacer un gran esfuerzo nacional para poder lograr asignar y percibir un valor a los cientos de millones de hectáreas que sean gigantescos captadores de CO₂ atmosférico y estén reconocidos en el sistema financiero internacional.
3. Confianza: nuestro eterno desafío.
La tercera “C” es un concepto transversal y posiblemente el más intangible: la confianza, el atributo fundamental que requiere toda sociedad para funcionar, incluida la sociedad internacional. Es esa característica tan ardua de obtener y fácil de perder, que nos condena a lidiar con la entropía de los ciclos políticos discontinuos.
La construcción de confianza debe guiar la política pública y el accionar tanto de los líderes como del gobierno. Así, por gloria y gracia de la vía negativa, los funcionarios de la próxima administración deberán abstenerse de toda iniciativa que pueda alimentar desconfianzas hacia la Argentina. Se impone una agenda donde será necesario construir credibilidad y demostrar capacidad de cumplir.
Necesitamos una política exterior que nos otorge mas previsibilidad y estabilidad . Una que coloque a la Argentina en el lugar del mundo que le corresponde. Un lugar acorde a lo que somos y también a lo que queremos ser. Desempeñando un rol de protagonismo en aquellas agendas que son valiosas y de interés para nuestro futuro. Participando de las soluciones a desafíos globales, desde nuestro lugar. Y asumiendo la responsabilidad de participar de la gobernanza global y los debates internacionales cumpliendo nuestros compromisos. De ahí que la tríada comida-carbono-confianza puede ser la impulsora de una nueva política exterior.
Una política exterior astuta, cordial y sutil que permita cubrirnos de riesgos globales y regionales, y aprovechar las oportunidades de trabajar con la mayor cantidad de socios en el mundo como sea posible, mientras éstos respeten nuestros valores e intereses nacionales.
Una política exterior astuta, cordial y sutil que permita cubrirnos de riesgos globales y regionales.
Especialmente después de las PASO. Es decir que puede formar parte del menú de opciones políticas atractivas para la sociedad, con mirada de futuro, y con el potencial de ser uno de los vértices de la geometría de coaliciones tanto electorales como de gobierno que necesitamos para que la próxima década sea de crecimiento, inversión y exportaciones. Incluso, pueden establecer las condiciones de base para el diálogo y la negociación con la oposición democrática. Esta, entre otros roles relevantes, tendrá que participar de los procesos legislativos que, según corresponda, suponen las herramientas de la política exterior con las que contamos.
Norberto Pontiroli







